Jasmine Bakalarz

La ausencia como cuarentena
y la imposibilidad de retratar a una beba con rollo de película

Vivimos al otro lado del océano de nuestros países y familias. 
Ya estábamos acostumbrados a una cierta soledad y nostalgia que carga el inmigrante y que se suele concretar con el tacto de una pantalla. 


La llegada de Hanna Cora sólo intensificó ese peso. 
Los primeros meses con una beba recién nacida son naturalmente como una cuarentena. 
Una quiere cuidarla y protegerla, construyendo un pequeño refugio que simula nuestro vientre, su primer hogar.


Durante la cuarentena, las nuevas madres extrañan el contacto con sus propias madres, a quienes han convertido en abuelas.
Les hace falta ese apoyo que solamente una madre puede transmitir, la tranquilidad y sabiduría matriarcal. 
Mi parte más cínica se alegra que ahora no soy la única que vive con esa angustia y ausencia, aunque las mías no desaparecerán con el fin de la cuarentena.


Hanna Cora lleva el nombre de mi madre que no llegó a conocer. 
Su llegada llenó un vacío que desde hace años me pesaba en el cuerpo, desde que ella partió.
Dicen que una beba posee todos los óvulos que va a tener en su vida antes de nacer, cuando todavía está en el vientre de su madre. 
Eso significa que, como las matryoshkas (muñecas rusas), Hanna Cora estuvo dentro mío cuando yo estaba en la panza de mi mamá. 
El lazo entre estas tres generaciones de mujeres sigue intacto, de alguna forma ellas se conocieron.


Vinimos a Europa en búsqueda de una familia desconocida e inexistente, desarraigada por la guerra. 
Partiremos con una nueva vida nacida en esta tierra ajena y el arbolito de palta (sembrado por su padre cuando nació), que también le cuesta crecer en el norte oscuro.

Berlín, Agosto 2020

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